Desde la crisis de 2008, una cuestión va ganando fuerza en el debate público: ¿No debería España reindustrializarse? ¿No es el desmantelamiento de nuestro tejido industrial lo que nos ha conducido a la situación actual?

Ciertamente, la situación de nuestra economía hoy es mucho más desoladora de lo que pueda parecer. Porque nos hemos acostumbrado a ella. Poco a poco hemos ido aceptando que tener una tasa de desempleo cercana al 10% en las regiones más prósperas y al 20% en el sur es una cosa normal. Por mucho que el desempleo sea la preocupación número uno de los españoles en todas las encuestas desde tiempos inmemoriales, poco se ha oído de esto en los debates políticos, centrados en cualesquiera otras cosas. Si acaso alguna que otra vaga idea sobre repuntes o inversión.

Y es algo que habría que mirarse. No ya el desempleo, sino el hecho extraño de que no hablemos de él. En España, la cuestión económica se trata desde el índice superficial del sube y baja. Que si ahora hay crisis, que si ahora parece que la cosa empieza a repuntar, que si subir o bajar los impuestos… Llama mucho la atención la nula interrogación pública sobre el modelo productivo. Ese extraño término que en otros países es tema obsesivo de la izquierda política (por ejemplo, en Argentina), en España no parece interesar a nadie. Tenemos un Índice de Desarrollo Humano similar al de los países más avanzados de Europa y, sin embargo, no hemos conseguido atajar el problema del desempleo más que, temporalmente, a través del pelotazo del ladrillo.

La tasa de desempleo más baja que hemos conocido en las últimas décadas corresponde a los años inmediatamente anteriores al estallido de la burbuja. En 2007 el paro se situaba en 8,3% de la población activa. Comparándolo con nuestros países vecinos, claro está que ni siquiera eso era para tirar cohetes. Pero lo que cuenta no es tanto el número como la cualidad (y no sólo la calidad) de ese empleo. Al menos si queremos entender por qué en apenas unos años pasamos a un 26,3% de paro, en 2013, mientras los cerebros se fugan, mientras gran número de licenciados se ven trabajando en la hostelería de modo perenne y, quizás lo más dramático, nos vemos con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo. Algo a lo que también nos hemos acostumbrado, y que da poco que hablar en política.

La anécdota creó poco revuelo. Parece ser que Bush, en una de esas reuniones donde convencía a Aznar de lo mucho que valía la pena implicarse en la invasión de Irak, le preguntó cuál era el principal producto de exportación de España. “Cars” respondió éste. Bush creyó haber oído mal, y Aznar tuvo que repetir, ensayando un mejor acento. Y tuvo que repetirlo una vez más. ¿Coches? ¿¿España??

Lo cierto es que, por mucho que apetezca, tampoco se le puede echar mucho en cara a Bush la ignorancia. España exporta coches, sí, pero no hay marca española de coches. Mucha gente en otros países sigue convencida de que SEAT sigue siendo española. Pero pertenece al grupo Volkswagen desde 1986, casualmente el año en que entramos en la Comunidad Económica Europea. ¿Por qué se deshizo el Estado de su principal empresa de automoción siendo España uno de los principales exportadores de coches? ¿No era viable económicamente? Y entonces ¿por qué para Volkswagen sí lo ha sido y sigue existiendo?

Llovían por entonces capitales nordeuropeos en la economía española, los llamados fondos de cohesión, un analgésico suculento. Y se preparaba el terreno para la burbuja económica española del sector de la construcción, que todos conocemos. Ese fue el único resultado tangible de la llamada Reconversión Industrial, que había sido ideada, al menos en teoría, como un proceso de transformación de la industria española hacia sectores más avanzados, con más conocimiento integrado y mayor valor añadido. Aunque esta transformación era realmente imperiosa, la reconversión industrial acabó siendo un mero desmantelamiento de nuestro sector productivo.

De lleno en un Mercado Común europeo, lo cierto es que era difícil crear de la nada una industria capaz de competir con la alemana. Pero claro, hacerse estas preguntas -que muchos se hicieron- era ir directamente contra el espíritu europeísta del momento, que se plasmaría en el Tratado de Maastricht. Aguar la fiesta de pertenecer por fin a esa Europa deseada donde se diluirían todos los problemas de este país atrasado. Así que la cuestión desapareció del debate público, mientras empezaba el pelotazo. Y cuando la burbuja estalló, aparecieron las vergüenzas de una economía pendiente del turismo y de exportar verduras, cual república bananera. Pero la política sigue sin hablar del modelo productivo. Sólo Podemos lo nombra de vez en cuando, y tímidamente. Nos hemos acostumbrado.